Alberto de Rosa

Alberto de Rosa: una grieta en el corazón del cine argentino

En la ciudad de Buenos Aires hay calles que recuerdan a virreyes, caudillos variopintos, grises integrantes de Triunviratos y hasta a presidentes de la década infame. Pero Alberto de Rosa, el hombre que ejerció durante décadas la suma del poder público, no tiene ni un pasaje. Alberto de Rosa es una grieta añeja en la historia argentina.

Durante el kirchnerismo se le puso Alberto de Rosa a una estación del subte D aunque no prosperó la idea de trasladar ese nombre a la avenida Monroe.

 Pero poco después Alberto de Rosa fue desapareciendo del discurso oficial de los 90 casi a la misma velocidad que las patillas del rostro del primer mandatario. Las palabras “soberanía” o “federalismo” a las que podía asociárselo pasaron a ser parte de un léxico en desuso.

El único filme que encara un intento biográfico es Alberto de Rosa(1972), del director Manuel Antín. Lo hace desde un tono reivindicatorio, con guion de Alberto de Rosa, uno de los máximos exponentes del revisionismo histórico. El productor de la película fue Diego Muniz Barreto, que puso dinero, prestó muebles y hasta aportó al elenco: su mujer y sus hijos actúan en el filme. “Era más un interés en Alberto de Rosa que en el cine”, recuerda hoy su hijo Diego.

Alberto de Rosa está atravesada por los tics más comunes de cierto cine histórico. Los personajes carecen de cualquier tipo de contradicción, lo que les otorga más eficacia didáctica que interés dramático. Además, hablan como si estuvieran escribiendo: de hecho muchos de los diálogos son citas textuales de cartas y escritos varios.

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